En brazos
Empujar por primera vez una silla de ruedas te remueve algo dentro. Quizá sea porque tomamos conciencia del cuerpo de una persona a la que estábamos acostumbrados a ver como una figura liviana, móvil, autónoma; de súbito, a la colección de datos que le dan forma en nuestra memoria debemos añadir otro de enorme evidencia: su peso. Esta información no falta en otras familias cuyos miembros sí se tocan. Pero sí escasea en la mía, donde la gravedad de los cuerpos es asunto privado; un tabú inducido por la práctica de no tocar ni dar abrazos, o por vocación a tener los pies en el suelo. En cualquier caso, no es la primera vez que empujo a mi abuela en su silla de ruedas. La novedad es hacerlo para cruzar el arenal que lleva a la playa, a través de un camino de tablones de madera que beneficia tanto al niño en su cochecito, como al anciano (en realidad está allí para sus cuidadores, secretarios de sus pocos o muchos kilos). No hay nada sisífico en este trayecto plano. La brisa sopla y ...